
Los dramas familiares por los traslados que acarreará el cierre y la certera amenaza de apenas un año de vida laboral en la fábrica provocó ayer algunos momentos de tensión a las puertas de la factoría entre los empleados que querían entrar a trabajar y los que secundaban la huelga. Pitos, forcejeos, abucheos e increpaciones mutuos se intercalaron, especialmente a las horas de los primeros turnos -a las 06.30 de la mañana y las 13.30 de la tarde-. La Policía -ocho agentes- controló e intervino para garantizar la entrada y salida de empleados que no respaldaban el paro -9 y 14 trabajadores, respectivamente en ambos turnos, según la empresa-.
En momentos clave, la decisión de estos últimos chocaba contra la barrera de manifestantes, lo que creó momentos de alto voltaje a las puertas de las instalaciones, con distintos forcejeos, de los que no se libraron algunos de los concentrados y algunos agentes. Pese a ello, finalmente, el diálogo imperó entre las fuerzas del orden y los huelguistas, que permitieron el acceso de sus compañeros, a los que les hicieron pasillos, no exentos de pitidos.
La identificación de algunos de los manifestantes, especialmente la de uno de los trabajadores más jóvenes, fue uno de los momentos de mayor tensión verbal.
Al final, la jornada de paro se saldó con una participación del 95%, según los convocantes: CC OO UGT, CGT, CTI y el comité de empresa, cifra que Imperial rebajó al 92,2%% en el primer turno y al 84,8% en el segundo. El respaldo a la huelga superó a la media de las de las cinco plantas afectadas en España por la reestructuración, según fuentes sindicales, debido a que la de Alicante es la única sentenciada por el cierre.
Entre los concentrados ayer no sólo había alicantinos, sino también trasladados y supervivientes de anteriores desmantelamientos de fábricas de Málaga, Valencia, A Coruña o Madrid y que actualmente suponen casi un 50% de la plantilla, según distintas estimaciones. Pese a su incierta vida laboral en la empresa, los más mayores, abocados a la prejubilación, de quién más se lamentan es "de estas pobres criaturas, que están en la flor de la juventud y se quedan sin empleo". Este colectivo suma más de 80 trabajadores, de entre 24 y 39 años, y su futuro laboral pasa por el paro o trasladarse a las plantas de Logroño o Santander.
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