Tengo la sensación de que está ocurriendo algo. El perro está nervioso, mi madre, también.
Todo se sucede con rapidez: la ducha, el ponerme la ropa, el desayuno, el viaje para coger el autobús. No sé qué habrá sido, pero hoy me ha resultado una mañana distinta. Espero y confío en que esta tarde todo vuelva a la calma.
Tarde: 18,30 PM.
He terminado de hacer los deberes y he merendado.
Después he oído hablar a mi madre por teléfono, seguramente con mi abuela. Me ha parecido que estaban discutiendo.
Por cierto, mi madre, a penas ha hablado hoy conmigo, ni siquiera se ha interesado por cómo me había ido en el colegio. Sigo percibiendo algo extraño. Jugando con la play-station ha sonado de nuevo el teléfono.
He ido a cogerlo, por si era mi padre, pero me ha dicho mi tía que se pusiera mi madre que estaba en la cocina llorando, no sé por qué.

Noche: 20 PM.
Me he duchado y cenado pizza y llegada la hora, me dispongo a dormir. No sé, sigo notando algo extraño. Me ha tocado sacar al perro a la calle. Mi padre todavía no ha venido. No lo he preguntado, pero debe estar de viaje, porque ahora que me acuerdo hoy es jueves y desde el lunes no lo he visto. Es normal, porque su trabajo le obliga a viajar mucho. En estos instantes me apetecería que estuviera aquí para saber si el domingo podemos ir al polideportivo: se juega la final de baloncesto y me gustaría animar a mi equipo. El perro a penas ha querido comer, siempre le ocurre lo mismo cuando mi padre no está, es lógico, para él, mi padre es su amo. Le he llamado para que subiera a mi habitación, pero no me ha hecho ni caso, sigue al pié de la escalera esperando oír el motor del coche de mi padre que tanto conoce. ¿Y mi madre? ¿Por qué tarda hoy en subir para taparme y darme el beso de las buenas noches?... No sé si llamarla, mejor no, esperaré, no tengo demasiado sueño, leeré un poco. Otra vez el teléfono. No para. Cuando no es mi tía, es mi abuela o cualquiera de los múltiples amigos de mis padres. Parece que oigo llorar a alguien y en casa sólo está mi madre y yo. Voy a bajar a ver qué está pasando, aunque corro el peligro de que me regañe mi madre. No entiendo nada. Mi madre sentada en el sofá está llorando. Hay varios clínex usados a su alrededor. ¿Pregunto o no pregunto? ¿Qué hago? ¡Mamá! “Hijo – contesta – ¿No tienes sueño? Es tarde” ¿Qué ocurre –le pregunto- “Nada hijo”. ¿Por qué estás llorando? “No, no es nada.
Es que he estado hablando con una amiga y al contarme lo que le ocurría, nos hemos puesto a llorar las dos, cosas de mujeres. No te preocupes. ¡Anda, vete a dormir que mañana hay que ir al cole” Mami, dame un beso. Tienes los ojos rojos. Quieres disimularlo, pero aún estás llorando. ¿Es por algo que he hecho mal, las notas, el colegio… “No hijo, al contrario, estoy muy orgullosa de ti. De verdad, no pasa nada, no debes preocuparte por mí, yo estoy bien y aunque así no fuera, por ti, sacaría fuerzas de donde las hubiera, porque te hago mucha falta y porque sin ti, todo dejaría de tener sentido para mí”. Me ha dado un abrazo muy fuerte, de los que te pueden llegar a hacer que te falte un poco el aire y un sonoro beso y aunque cuento sólo con siete años, le he prometido que comeré mucho para crecer muy rápido y hacerme grande, porque me he acordado que he oído el mensaje que mi padre ha dejado en el contestador del teléfono. No sé muy bien a qué se refería cuando decía “que todo había terminado, que el abogado se pondría en contacto con mi madre ¡Ah! También ha dicho que se llevaría al perro –seguramente le irán a vacunar – y de mí, le ha dicho que no se preocupe, que no me faltaría de nada hasta que cumpliera dieciocho años de edad – qué tontería, si yo lo tengo todo – Bueno todo, ahora que lo pienso, no.
Me falta el beso de mi padre, pero seguro que como mañana es viernes, vendrá del viaje y pasaremos juntos todo el fin de semana, como de costumbre. Sigue preocupándome todo lo que ha pasado hoy, pero seguro que mañana estará todo más claro.
Roberto Mira
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